Marca diseñada por Ariadna Torres
Hoy, lunes 3 de marzo de 2014, comienzo a publicar este nuevo blog. Aunque
es mi tercer blog, siento el mismo entusiasmo que cuando publiqué por primera
vez “Conversaciones con Muchosnombres”, que ya lo han leído en 55 países. Y una
emoción parecida a la que experimenté en mis tiempos de estudiante secundario
cuando escribí “Entrevista a un perro” que, calculo, tuvo unos diez lectores…o
quizás menos.
Este cuaderno de bitácora quería titularlo “Lo viví, lo soñé”, porque en él
pretendo escribir una mezcla de cosas que me han sucedido con otras que he
soñado. Pero como ese nombre estaba inscrito por otro bloguero, opté por buscar
variantes que significaran algo parecido. Lamentablemente también otros títulos
similares estaban registrados. Por eso, finalmente, tuve que usar mi nombre con
mi primer apellido que, afortunadamente, sí estaba libre.
Hace unos días un amigo al que le hice un comentario sobre este tercer blog me
preguntó por qué lo creaba si ya tenía dos. Le expliqué que será distinto. En
mi primer blog narro una historia mágica, y en el segundo trato temas de
Comunicación, que es mi profesión. En cambio en este sitio virtual escribiré de
lo que me apetezca y me pida el cuerpo. Dicho en román paladino, escribiré de
casi todo lo que me interese. Y como me interesan muchas cosas, escribiré de
muchas cosas: algo de mi vida, de mis sueños, de mis fracasos, de pintura, de
música, de literatura, de psicología, de sociología, de filosofía, de
arqueología, de política, de viajes, de arquitectura, de ciencia, de lo que
pienso del universo y del tiempo, de cine, de gastronomía, de fiestas
tradicionales, de dogmas religiosos, en fin, de todo un poco, como en botica,
como se solía decir antes.
La marca de este sitio es un dibujo de Ariadna, una de mis nietas. Tiene
sólo cuatro años, pero al igual que su hermana Tania, tiene un talento
artístico innato y hace dibujos divertidos. Cuando le pedí a Ari (sus
admiradores en el colegio le dicen Ari) que me dibujara una figura humana como
las muchas que hace cada día, en menos de un minuto me hizo cuatro o cinco bocetos.
Cuando tuve el dibujo elegido en mis manos le comenté que quería utilizarlo
como marca de mi nuevo blog. Asintió con la cabeza y me dijo “sí…sí”. Ahora me
entra la duda si ese “sí…sí” tiene validez legal o sería mejor firmar con ella
un contrato para que en el futuro no me cobre derechos de autor. Por si acaso,
en compensación, dejaré ordenado que cuando mi naturaleza me obligue a cantar
“Adiós muchachos, compañeros de mi vida”, le entreguen a ella dos hermosas
cerámicas de Buda que compré en China en el año 1973, y que sé que le
encantan.
Respecto a los blogs, pienso que en la actualidad son el equivalente a lo que en
mis tiempos de niño llamábamos “Mi diario”, aquellos cuadernos con un candado, donde
uno escribía todo lo que consideraba que era relativamente importante y, a
veces, hasta confidencial. Especialmente escribíamos secretos que uno no se
atrevía a contárselos a nadie, como por ejemplo que nos gustaba la chica más
linda del colegio. Claro que también cosas importantes para mí en esa etapa de
mi vida eran, por ejemplo, jugar a las canicas, elevar cometas, nadar, remar, imitar
a Roy Rogers, quedarme absorto mirando a los colibríes suspendidos en el aire, capturar
libélulas de alas transparentes, o saltamontes gigantes de los que había muchos
en el jardín de mi infancia. Ese jardín maravilloso estaba en el terreno de una
casa elemental, de adobes y madera, donde vivía con mis abuelos paternos,
Samuel y Elvira. Y también con mis tías abuelas Carmen y Herminia, a la que le
decíamos cariñosamente “Lulú”. El grupo lo completaban dos hermanas de mi padre:
mis tías Aída y Emma, y mi prima Magaly.
Ahora me doy cuenta que hace unos minutos no tenía idea que escribiría de esto que
estoy escribiendo. Menos que aparecerían en mi memoria todos esos seres
queridos que ya no viven más que en mi recuerdo. Pero cuando comienzo a
escribir sin un tema determinado, como en este caso, más que escribir es como si
conversara conmigo mismo (en este caso “conmigo mismo” es un pleonasmo pero me
vale igual). Suelo experimentarlo porque lo hago por diversión. Lo paso bien
haciéndolo. Es como un juego. A veces, cuando escribo, suelo elegir una palabra
inicial y dejo que mi cerebro me encamine por donde quiera llevarme, como me
está sucediendo ahora. Casi sin darme cuenta me he reencontrado de sopetón con algunos
familiares remotos que me da la sensación que pertenecieron a otra vida de las
varias que creo haber vivido. Mi memoria, como un hábil prestidigitador, me ha
traído sus rostros curtidos como pergaminos a mi cerebro. Me he percatado que
cuando recuerdo a personas queridas, suelo verlas con todos su detalles como si
estuvieran junto a mí, viviendo de nuevo mi presente, como en una ceremonia
misteriosa. Ahora mismo estoy observando a esas tías abuela mías y, lo que más
me llama la atención de ellas son los colores de sus ojos. Mi abuela Elvira los
tenía de color azul oscuro, casi grises; mi tía abuela Carmen de color azul
celeste; y mi tía abuela Lulú, que era quien me contaba historias del infierno,
del purgatorio, del cielo y del fin del mundo, los tenía de color miel. Todos
esos familiares míos eran personas profundamente solidarias y generosas que
mantuvieron esa casa siempre abierta para todo el mundo. Muchas veces yo me
encontré en el comedor gente que no conocía. Eran personas del campo de donde
provenían mis abuelos, que venían al pueblo a vender sus productos y a comprar
víveres y enseres. Sin serlo aquello era como un clan. Recuerdo que todos les
decían “tíos” a mis abuelos, y “primas” a mis tías. Hacían un alto en nuestra
casa, y tras tomar desayuno o comer, se iban a hacer sus ventas y sus compras;
y por la tarde pasaban a despedirse.
La casa era la última de una calle llamada Claudina Urrutia, emplazada
justo enfrente de una maderería que expelía día y noche un delicioso aroma a
pino recién cortado. Luego, un par de cientos de metros más hacia el sur, comenzaba
el puente que unía el pueblo con el Barrio Estación, llamado así porque era la
zona donde terminaba el ramal ferroviario del tren que venía de un pueblo
llamado Parral, cuya estación formaba parte de la espina dorsal de la red de
vías férreas que recorría el país de norte a sur.
Esa casa donde vivimos varios años, la construyó mi abuelo. No sé cómo pudo
hacerla sin ser ni arquitecto, ni aparejador, ni albañil, pero la puso en pie y
aguantó terremotos. No era bella ni cómoda. Era más bien tosca. Tenía
ventanucos minúsculos que impedían que la luz del sol entrara a raudales, pero
nos dio cobijo durante varios años antes de irnos a vivir a una mejor. Me
contaron que mi abuelo la comenzó a construir años después del llamado
“terremoto de Chillán” de 1939 que en Cauquenes, prácticamente no dejó casa en
pie. Creo haber oído que ese terreno se lo compró a los curas franciscanos cuyo
templo estaba a un par de cientos de metros de la casa. Lo mejor de esa
vivienda es que estaba asentada sobre un amplio terreno con muchos árboles
frutales, pozo, huerta, plantación de calabazas, y una zona donde mi abuelo
hacía adobes. A veces me acercaba a observarlo trabajar en este menester que el
hombre viene haciendo desde hace miles de años. A pesar de que era un campesino
viñatero, oficio que había aprendido desde pequeño viendo a otros trabajar las
viñas, de la misma manera que mimaba sus vides, lo hacía con el agua, la paja y
el barro, que eran los materiales con los que fabricaba los adobes. Ayudado por
una pala rudimentaria juntaba la tierra y la paja con el agua hasta formar una
sopa espesa que depositaba en moldes de madera rectangulares que dejaba a la
intemperie secándose al sol durante varios días. Cuando tenía suficientes
adobes los desmoldaba y, en una carretilla de mano, los transportaba hasta el
lugar donde, con una paciencia de relojero, iniciaba otra zona de casa o de
pesebrera. Porque en ese inmenso terreno, además de un perro bóxer que se
llamaba “Kaiser”, un gato llamado “Pibe”, teníamos espacio hasta para un
caballo que nunca tuvo nombre, pero era el que tiraba el carro de mi abuelo en
el que se desplazaba de la ciudad al campo y viceversa.
El primer recuerdo que experimenté en mi vida ocurrió en el jardín de
esa casa. Cuando me transporto a esa primera imagen me veo sentado en una piso
de madera y totora, sintiendo el calor del sol sobre mi cuerpo y percibiendo el
aroma de las flores que cultivaba mi tía Emma.
Yo llegué a vivir allí a los cuatro meses de edad por casualidad, por una
carambola de la vida. Fue en un mes de junio, pero del junio del hemisferio
sur. Debido a que mi padre enfermó gravemente, pensaron que lo mejor era
dejarnos a mi hermano y a mí, durante un tiempo, a cargo de nuestros abuelos. A
mi hermano, que era el mayor, lo dejaron en Parral, con mi abuela materna, en
una casa inmensa que ella tenía junto a la plaza. A mí me dejaron en Cauquenes,
bajo la responsabilidad de los padres de mi padre. El plan era que
permaneciéramos con ellos un par de meses hasta que mi progenitor recuperara su
salud. Sin embargo, cuando después de un tiempo me vinieron a buscar, mis tías le
dijeron a mis padres “déjalo unos meses más”. Y cuando por segunda vez me
volvieron a ir a buscar sucedió de nuevo lo mismo. Finalmente permanecí con mis
abuelos y tías durante diez años. Creo que tuve mucha suerte porque dudo que algún
niño haya sido tan feliz como lo fui yo durante todo ese período de tiempo.
Fueron años vividos entre la cotidianidad y el realismo mágico, donde conviví
con seres humanos de carne y hueso, pero también con las ánimas que mis tías
con sus rezos ayudaban a sacar del purgatorio, y con ángeles que tocaban las
trompetas anunciando el fin del mundo.
Pero como en esta vida todo tiene un principio y un final, un verano, cuando
mi niñez estaba punto de terminar, contra mi voluntad tuve que abandonar ese paraíso
y, definitivamente, volver con mis padres. Lo pasé mal, muy mal. Años después
tuve conciencia que esa separación traumática me produjo una fuerte depresión
cuyos síntomas principales fueron frío permanente aunque hiciera calor, desinterés
por casi todo, y una tristeza inmensa. Fue un golpe emocional tan grande para
mí que, incluso, se me quitaron las ganas de seguir viviendo. Me costó meses
sacarme de encima esa caparazón de infelicidad. El atajo que tomé para volver a
sentir que valía la pena vivir fue salir a la calle a intentar hacer amigos
nuevos. Cuando, por fin, emocionalmente me estabilicé, me di cuenta que ya no
era el mismo, que de golpe había madurado. El bofetón también me hizo entender
que la vida nos da y nos quita cariños, y que nos trae y se lleva amores, hasta
que te mueres. Y que cuando tienes esos cariños y esos amores, lo mejor es
vivirlos con intensidad. Así terminó mi primera vida: exiliado del paraíso
terrenal de mi niñez. Muchos años después la vida me dio otra voltereta dolorosa:
volví a perder casi todo lo que tenía, hasta el país en que había nacido. Al
mediodía del 10 de enero de 1974 comenzó mi segundo exilio. Pero ésa es otra
historia.